
De nuevo en abril,
como hace 80 años. Como cuando la primavera se convirtió en alegoría
de la nueva República, de la esperanza y del resurgir de las gentes
humildes de este país para reclamar su dignidad.
Querían tierra y
trabajo, pan y vivienda, sanidad y educación, paz y cultura. Pero,
sobre todo, un futuro de igualdad, libertad y fraternidad.
Demasiada insolencia
para que los poderosos del capital, de la pistola y de la religión
no dudaran en perpetrar los crímenes más horrendos en defensa de sus
injustos privilegios.
Nos decía Dulce que
“no se puede olvidar cuando te obligan” pero es que, además, no se
debe.
De nuevo en abril,
como hace 80 años, seguimos reclamando los mismos principios, pero
también queremos que curen con verdad, justicia y reparación las
heridas que taparon -con la idea de que no cicatrizaran nunca- y que
quienes las provocaron no vuelvan a tener el poder para causarlas de
nuevo.
Ni olvidamos a las
víctimas del franquismo, ni olvidamos sus esperanzas.
Es lo nuestro.